11/11/2009

ESFORZAOS por ENTRAR POR LA PUERTA ANGOSTA

Dice la palabra en Lucas 13 que continuando su viaje a Jerusalen, "Jesus enseñaba en los pueblos y aldeas por donde pasaba. -Señor, son pocos los que van a salvarse?-le pregunto uno, -Esfuersense por entrar por la puerta estrecha -contesto-, porque les digo que muchos trataran de entrar y no podran. Tan pronto como el dueño de la casa se haya levantado a cerrar la puerta, ustedes desde afuera se pondran a golpear la puerta diciendo:" Señor, abrenos". Pero el les contestara: " No se quienes son ustedes". Entonces diran: "Comimos y bebimos contigo, y tu nos enseñastes nuestras plazas." Pero el les contestara:"Les repito que no se quienes son ustedes. ¡Apartense de mi, todos ustedes hacedores de injusticia!". Alli habra llanto y rechinar de dientes cuando vean en el reino de Dios a Abraham, Isaac, Jacob y a todos los profetas, mientras a ustedes los echaran fuera. Habra quienes lleguen de oriente y del occidente, del norte y del sur, para sentarse al banquete en el reino de Dios.

En efecto , hay ultimos que seran primeros, y primeros que seran ultimos." (Vs. 22-30). Tremenda palabra que nos confronta y nos mueve el piso, es la palabra de Dios, es la palabra de Jesus, el tipo de palabra que no nos gusta leer pero que necesitamos estudiar y comprender. Esta es una palabra muyn dura, muy fria, cortante como un cuchillo muy afilado, que establece una linea de clara separacion entre los que son y los que no son de Cristo.
El hombre es un ser curioso por naturaleza. Todos queremos saber más y más, y el horizonte de nuestros conocimientos es ilimitado. El mismo vocablo “curiosidad” viene del latín, “cur”, y significa “por qué”. Pero yo creo que nuestra curiosidad se agudiza aún más cuando se trata de algo que nos atañe en primera persona o que se refiere a la vida y a la gente que nos rodea. Nos encantaría saber, si nos fuera posible, qué nos deparará el futuro o cuál será el destino de nuestra existencia. Seguramente por esta misma tendencia de nuestra naturaleza, siempre ha estado tentado el hombre de recurrir a la astrología, a la magia y a las diversas artes adivinatorias, así como también al espiritismo y al contacto con el mundo de los muertos –supuesto o real— para tratar de conocer el propio futuro o la suerte ajena.Sin embargo, este conocimiento es un misterio velado y vedado para el hombre.
El poeta latino Horacio, aun siendo pagano, se atrevió a condenar esta pretensión en una de sus famosas odas: “Tu ne quaesieris, scire nefas, quem mihi quem tibi, finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios temptaris numeros” escribía a una de sus amigas en el libro primero de sus “Carmina”. Traducido al castellano, sería mas o menos así: “No pretendas tú, ¡oh Leucónoe!, conocer qué fin (destino) nos darán los dioses a ti y a mí, pues nos está vedado; ni lo intentes recurriendo a los cálculos de los astrólogos. Como sea, lo mejor es padecerlo, ya sea que Júpiter te conceda muchos inviernos o que éste sea el último… Mira, mientras hablamos, se nos escapa el ambicionado tiempo. Mejor, aprovecha bien el día presente y no seas demasiado crédula del mañana”. Por supuesto que nuestro poeta hacía esta recomendación a su amiga Leucónoe desde su filosofía epicúrea: “Carpe diem!”, le decía. “¡Aprovecha el presente día!”. Bien entendido, es un sabio consejo, con tal que se eviten los abusos en los que con frecuencia caían los seguidores de la doctrina de Epicuro.En el Evangelio de hoy encontramos el mismo tema. Pero con una visión totalmente cristiana. “Señor, ¿serán muchos los que se salven?” –preguntan los discípulos a nuestro Señor-. Aquí está la eterna curiosidad del hombre por la suerte propia y la ajena. Se trata, nada menos, del destino final y eterno que tocará a cada uno de nosotros. Es una pregunta ligada íntimamente al misterio de la predestinación, que siempre y en todas las épocas de la historia, tanto ha inquietado a filósofos, teólogos, pensadores, e incluso a la gente común y corriente.“¿Serán pocos los que se salven?”. A nosotros nos gustaría recibir algún “adelanto” de los que se van a salvar y de los que se van a perder.Incluso muchas veces nos hemos preguntado, no con poca curiosidad, si algunos personajes de la historia que, a nuestro juicio, han sido pérfidos, se habrán salvado...Pero Jesús no satisface la curiosidad de sus oyentes. A nadie le es permitido conocer el propio futuro ni el de los demás.
Aparte de innecesario, resulta totalmente inútil preguntarlo. ¿Qué nos ganamos con ello? Lo mejor es conducir nuestra vida coherentemente, como Dios se espera de nosotros. Y la respuesta del Señor va, precisamente, en esta otra dirección: “Esforzaos, más bien –les dice— en entrar por la puerta estrecha”. En vez de indagar, en vano, el propio destino, es mucho más sano y prudente tratar de vivir de una manera digna para hacernos merecedores, al final de nuestra existencia, de ese grandísimo bien que todos anhelamos alcanzar: la vida eterna y bienaventurada.Pero nuestro Señor nos alerta y nos pone en guardia. Ciertamente, no todos se salvarán, por desgracia. “Muchos intentarán entrar –en el cielo, por supuesto— y no podrán”. Entonces, los que se queden fuera, comenzarán a llamar a la puerta y a gritar: “¡Señor, ábrenos!”. Es muy dramática la escena que Jesús pinta en este cuadro. Aquellos que supuestamente habían sido sus compañeros de viaje y sus amigos, le dirán: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. Era de esperarse que, como antiguos comensales de Jesús, Él los conocería y los recibiría con los brazos abiertos en la gloria. Pero no siempre sucede así. ¡Qué tragedia cuando, llenos de confusión, escuchen la sentencia de Cristo: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados”!Para entrar en el cielo no basta haber comido y bebido a la mesa de Cristo, sino haber cumplido sus mandamientos. “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los cielos –nos recuerda Jesús por boca de san Mateo— sino el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos”. Cuánta sabiduría contiene el refrán popular, que reza: “obras son amores, que no buenas razones”. Por eso, el consejo de Cristo: “¡Entrad por la puerta estrecha!”.La basílica de la Natividad, en Belén, tiene una puerta lateral, muy baja y pequeña. Las puertas principales se cerraron a cal y canto en los tiempos de las Cruzadas para evitar las profanaciones de los musulmanes, que irrumpían en la basílica armados y a caballo. Y así se dejó la puerta de ingreso, que quedó como un verdadero símbolo: el que quiera entrar a adorar al Niño Dios, tiene que agachar la cabeza e inclinarse, en señal de humildad y de abajamiento.Entrar por la puerta estrecha significa, pues, que hemos de acercarnos a Dios por la senda del sacrificio, de la renuncia, la austeridad, la fe, la humildad, la sencillez y el desprendimiento. Si entramos por esta puerta, nuestro Señor nos acogerá con los brazos abiertos en las moradas eternas.
Hagamos méritos, ya desde ahora, con nuestras buenas obras.